martes, 27 de enero de 2015

335





La encontré en la calle, andando, paseando, yendo de un lado a otro sin rumbo fijo, mostrando su belleza al mundo sin que éste se percatara de ella. Pero yo sí. La seguí a escasos metros. Contemplé con deleite sus curvas sinuosas pegadas a los pantalones de franela que llevaba. Me enamoré de su pelo largo y rubio que caía por su espalda como un manto de oro líquido. Aspiré embelesado el aroma de su perfume cuando la distancia entre nosotros se acortaba en ciertas ocasiones. Y entonces, la perdí. Busqué desesperado con la mirada. Maldije mi suerte. Pasaron unos segundos infernales hasta que la volví a ver en la acera de enfrente caminando en dirección contraria. Era ella, pero no lo era. Llevaba otra ropa. Imposible.  No había tenido tiempo material de cambiarse de vestuario. Sin embargo, era la misma persona. Crucé la calle y me posicioné a su espalda, a unos pocos pasos, con la vista fija en su cabello dorado que resplandecía con el destello de un sol primaveral sacado de un sueño. ¿O era verano? Llevaba un vestido azul oscuro que se movía de forma fantasmal con cada paso que daba. Sentí mi sangre negra arder en deseo. Quería conocerla, amarla, poseerla, hacerla mía. Caminé con sigilo detrás de ella, hasta que un grupo de personas que salían de una tienda me hicieron volver a perderla de vista. Les insulté por ello. Grité. Una señora me miró con auténtico miedo reflejado en sus ojos de porcelana. Un señor me increpó. Otro me empujó y caí al suelo. Me levanté, me abrí paso entre ellos con fuerza y corrí calle abajo. No la encontré. Abatido, me agaché y escupí un par de veces por el esfuerzo realizado. Al incorporarme, la vi venir hacia mí, pero en esta ocasión tampoco llevaba la misma ropa. Sonreía y levantaba el brazo intentando llamar mi atención. Dijo mi nombre. Miré a mi espalda por si era otro el afortunado al que se dirigía, pero allí no había nadie más. Se acercó hasta mí, me abrazó y plantó sus labios en mi boca.
-¡Oh, querido! –dijo suavemente en mi oído.- ¡Cuánto te he echado de menos!
Nos separamos. La miré aturdido. En realidad, no sabía qué estaba pasando. Mi cabeza y mi corazón dieron un vuelco al mismo tiempo, y a punto estuve de caer al suelo. Me sujetó levemente por los hombros. Traté de sonreír. Ella parecía preocupada.
-¿Estás bien, cariño? –preguntó mientras sus ojos procuraban  ver más allá de los míos.
-Sí. –contesté.- Estoy perfectamente.
Hubo un silencio de apenas tres segundos entre los dos.
-Vayamos a tomar algo. –propuso agarrándome del brazo.- Tengo cosas que contarte.
-Está bien. –dije dejándome llevar.
Nos metimos por una callejuela oscura que, a la luz de la luna invernal, le daba un aspecto ciertamente terrorífico.
-¿Qué buscamos aquí? –pregunté.
-Hay que ser discretos. –contestó mientras pude comprobar cómo su mirada se perdía entre sus propios pensamientos.
Entramos en un bar pequeño, acogedor, pero cuyas paredes desprendían un ácido olor a orina y vómito que en seguida me echaron para atrás. No había mucha gente. Unos pocos tipos que apoyaban sus codos en la barra del bar. Nos sentamos en una mesa apartada. Al instante vino una mujer a tomarnos nota. Yo pedí una cerveza. Ella un café.
-Ya sé cómo quitarnos de en medio a mi marido. –dijo con toda tranquilidad cuando terminaron de servirnos.
-¿Qué? –pregunté asombrado.
-Mi hijo…
-¿Tienes un hijo? –la interrumpí subiendo un poco más el tono de voz.
Ella esbozó una irónica sonrisa.
-Mi hijo se encargará de todo. Al ser menor, no le pasará nada. Ya he hablado con él. Es aún muy pequeño para comprenderlo todo, pero lo hará. Me lo ha prometido. Siempre hace lo que yo le digo.
-¿Qué hará?
Hubo un silencio.
-¿Qué te ocurre? Estás muy raro. –dijo llevándose la taza de café a los labios.
-No sé… Estoy confundido. –contesté mientras me pasaba la mano nervioso por el pelo.
-Hemos hablado de esto cientos de veces.
-Lo sé. –traté de justificarme.- Pero no me he levantado muy bien hoy.
-¿Resaca?
-Puede ser.
-Bebes demasiado.
-Es probable. –nos quedamos en silencio.- ¿Qué va a hacer tu hijo?
Ella dejó la taza en la mesa y me miró fijamente.
-Matar a mi marido.
Le di un largo trago a la cerveza. Lo dijo con tal naturalidad que me asusté. Mis manos temblaron. La cerveza se deslizó por la comisura de mis labios hasta la barbilla. Dejé de beber. Me limpié.
-Perdona que te lo pregunte de nuevo, pero, ¿cuántos años tiene tu hijo?
Me miró con ojos gélidos, incluso desafiantes.
-Siete. ¿Algún problema? Creía que estabas de acuerdo en hacer lo que yo dijese.
-Sí, sí. Tranquila. Ningún problema. –Y me acabé la cerveza de otro largo trago.
-Por fin seré libre. –comentó y sonrió acentuando aún más su belleza. No pude hacer otra cosa que seguirla.
Lo siguiente que recuerdo es estar en su casa por la mañana. ¿O era por la tarde? Hacía calor, de eso sí que me acuerdo. Extraño, para estar bien avanzado el otoño. La casa era un verdadero desastre. Ropas, papeles y objetos estaban tirados por el suelo. Todo estaba descolocado.
-Llévate tus cosas. –me dijo.- No quiero que te relacionen con esto.
-¿Qué cosas? –pregunté desconcertado.
-Tus cosas, ya sabes. Tus escritos, libros y dibujos. Los he metido en esa bolsa.
Señalo una bolsa de viaje de cuero marrón, elegante pero anticuada, que descansaba en el suelo rodeada de su ropa interior sucia. La cogí al tiempo que entraba en la habitación su hijo, un muchacho de ojos claros y cabello pajizo. Nos miró sin ningún sentimiento en su mirada fría. Llevaba un cuchillo más grande que él en su mano.
-Coge tus cosas y vete. Mi marido está punto de llegar. –me advirtió.
Agarré la bolsa, dirigí la mirada al chaval y a su madre, y sentí un escalofrío recorrer mi espalda ante lo que iba a suceder en breves minutos. Salí de la casa sin despedirme. Ni siquiera le di un beso. Bajé las escaleras deprisa. Me crucé con un hombre que subía. Sonreía. Parecía una persona afable. Me saludó inclinando la cabeza. Le devolví el saludo. Supe entonces, que era el marido. Lo intuí. No miré atrás. Bajé corriendo las escaleras y salí a la calle. El viento me golpeó en la cara. Lo agradecí. Cerré los ojos y pensé en lo que estaba sucediendo en el piso que acababa de abandonar. Intenté desecharlo de mi mente, pero fue imposible. Crucé la calle, corrí lejos de allí y me metí en un soportal oscuro por el que no pasaba nadie. Abrí la bolsa de mano y vi todos aquellos papeles y libros; dibujos que no recordaba haber hecho, escritos que no sabía que había redactado. Desconocía esa faceta mía. Sin duda, debían de ser de otra persona. Su amante. Otro distinto a mí. Se había confundido. Y aún así, yo le había ayudado. ¿En qué? No lo sé. En algo. Me sentía cómplice de un crimen abyecto. Dejé caer la bolsa de viaje y salí corriendo de vuelta a la casa de la mujer. No sé por qué lo hice. Quizá, dentro de mí, intentaba detener algo terrible que, sin duda, me perseguiría hasta el fin de mis días. Subí las escaleras de dos en dos, sin pensar demasiado en si tropezaba o no. Llegué hasta su puerta. Estaba cerrada. Traté de abrirla. Imposible. Llamé al timbre. No había nadie o es que no querían abrirme. Golpeé con mi cuerpo la puerta y al cuarto intento, ésta cedió. Allí no había nadie ni nada. Los muebles habían desaparecido. Las ropas, papeles y objetos habían volado. No comprendía qué estaba pasando. La casa entera giró frente a mí en un vértigo infinito que me hizo caer al suelo. Entonces vi las manchas de sangre seca extenderse por la tarima y salpicar las paredes blancas. Después, la oscuridad de la inconsciencia.
Cuando desperté, me vi encerrado en una celda de dos por dos por dos. Me dirigí a la puerta y agarré la los barrotes con fuerza. Grité y pedí que alguien viniera.
-¡Cállate, asesino! – dijo alguien acompañado de las risas de dos o tres personas. No sabría precisar.
Entonces, comprendí todo. Me senté en el suelo y esperé en silencio la sentencia de culpabilidad hasta el día de hoy.

lunes, 26 de enero de 2015

334





Lo primero que recuerdo es la tranquilidad que reinaba poco antes de estallar la primera bomba. En seguida, y sin que hubiese habido  señal previa al conflicto los días antes, surgió del cielo el ruido de los motores de los aviones que sobrevolaban nuestras inocentes cabezas. Las bombas caían a cientos de metros de donde me encontraba. Sentí el calor del fuego y cómo los edificios caían y hacían vibrar el suelo. Oí con claridad los gritos de las víctimas, de los heridos, de aquella gente que no tenía culpa de nada y morían sin causa aparente. Vi cuerpos partidos en dos, extremidades que volaban, cabezas que rodaban con expresión de sorpresa. Corrí por la calle huyendo del caos, de la incomprensión, y me topé de frente con los tanques y las tropas que entraban en la ciudad. Levanté las manos haciendo ver que no tenían que temer nada de mí y que me rendía. Ni si quiera sabía por qué tenía que hacerlo. Un acto reflejo, supongo. Un soldado cogió a un hombre que yacía en el suelo y que no dejaba de proferir insultos. Lo levantó, le puso una pistola en la cabeza y apretó el gatillo. El hombre cayó sin vida como un saco de estiércol que escupía sangre por el orificio de entrada. Yo cerré los ojos. Había llegado mi hora, sin duda. Oí cómo se acercaban las botas hasta donde yo estaba. Esperé el sonido del percutor del arma. Me oriné en los pantalones antes de sentir el golpe en la nuca y tuve que apretar el culo para no cagarme encima. Entonces vino la oscuridad.
Desperté en una habitación sin ventanas y con una sola puerta totalmente cerrada. Me dolía terriblemente la cabeza a causa del golpe que me habían dado. Intenté abrir la puerta, pero no pude. Nadie contestó a mis gritos y súplicas.
“Ni siquiera lo intentes”, dijo una voz que parecía provenir de la pared. “Te han dejado encerrado hasta que te mueras”
Fue lo último que dijo.
¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Hola? ¡Que alguien me oiga!
Me senté en el suelo y esperé.
Conté hasta doscientos.
 Antes de… No había nada. Después de… Hay menos. Entre medias… no fui. Sólo tengo que:
-respirar
-comer
-beber
-defecar
-ser
Tacho un par de cosas de la lista. Antes de… creí. O estaba anestesiado. O qué sé yo. Ahora, estoy encerrado. Me han condenado. Sin posibilidad de… De qué. De ser más. ¿?
Cuento hasta trescientos.
Ausencia de sonidos excepto mi propia respiración. ¿Cuánto tiempo aguantaré así? Puede que más del que imagino. Hubiera preferido el tiro de gracia. Un instante de dolor y la eternidad a mis pies. Sin embargo, ahora es el ostracismo y la condena a una muerte lenta. Por ninguna razón. Tan sólo por ser; por estar en el lugar equivocado durante… Por no ser como ellos.
Cuento mi respiración para pasar a los latidos de mi enérgico corazón. Antes de… fui siempre un cobarde. Durante y después de… me siento como escoria humana. Apartado del resto del mundo por creer que soy… ¿Qué soy? ¿Qué piensan que soy?
Me levanto. Golpeo la puerta. Grito. Nadie me oye. Nadie se mueve ni contesta al otro lado. Tampoco oigo a otros que, como yo, puedan estar encerrados en diferentes celdas. Ni siquiera esto es una celda. Es una habitación.
ES…
MI…
HABITACIÓN…
Y no puedo salir.
¿Es mi habitación? ¿Qué hago yo aquí?
Oigo las bombas a lo lejos, pero sólo están mi cabeza.
Lo cierto es que me han abandonado a mi suerte porque nadie quiere saber de mí.
Sólo me queda:
-pensar
-contar
-defecar
-escribir
-no ser
¿Cuántas posibilidades tengo de poder vivir fuera de… después de…?
Nulas. Infinitas. Las que me permitan. Imposible seguir. No soy como ellos. Si ellos no son yo. Mi enemigo antes de… La pobreza durante… La muerte después de… Y a esperar.
Jocosas son las risas de los que amanecen cada día en su bendito recinto de sueños acuosos de autodestrucción.
Sólo me queda oír mis lamentos en el cerebro. Y mis risas. Y ciertas voces.
Voces… Antes de… durante y después de…
Cuento hasta mil.

jueves, 22 de enero de 2015

333




Te duele tanto la cabeza que parece que, de un momento a otro, vaya a explotar. Te la agarras con las manos y estrujas las sienes tratando de calmar el dolor. Cierras los ojos. La claridad de un día de invierno que penetra por la ventana te molesta, te irrita, no la soportas. Aprietas los dientes. Quieres que el dolor se vaya, se disuelva con los pensamientos malos que te atosigan desde la noche anterior. Bebiste demasiado, lo sabes. En realidad llevas tiempo haciéndolo, pero no te importa, porque nada importa. Te sientas en el suelo, te vuelves a levantar. No puedes parar. Abres de nuevo la carta que ha venido esta mañana. La lees. Confirmas que han rechazado de nuevo tu trabajo. Una vez más “Estimado autor…” Te ríes por no llorar. Autor… Autor de qué. De inmundicias varias cuando te duele la tripa; de vomitonas etílicas cuando no te cabe más alcohol; de palabras soeces, gestos inapropiados y conversaciones banales; de frustraciones varias y fracasos que se hacen innumerables.  Autor de una vida que no es digna de contar. Te pones el abrigo. Necesitas salir de casa porque las paredes te agobian. Un poco de aire fresco te hará bien, despejará tu cabeza, mitigará el dolor. Sin darte cuenta, metes la carta de rechazo en el bolsillo del pantalón.  El gato te despide con una mirada indiferente poco antes de cerrar la puerta. Bajas las escaleras mientras recuerdas que tienes cita con el médico. Más pastillas que alivien el pánico, la ansiedad, la sempiterna depresión. Puede que consultes lo de tu dolor de cabeza, o ese extraño bulto que te ha salido en el cuello y que duele como si estuviera lleno de pus. No, las cosas no van bien. Sales a la calle y contemplas por un instante los rostros pétreos de las personas que caminan por ella. Te unes al ritmo constante de una ciudad decadente, aunque tus pasos y pensamientos son más lentos. No hay prisa por llegar a ningún lugar. No hay prisa por nada. Hace frío. El viento gélido corta tu cara en rodajas de hielo. Agradeces el calor del centro médico cuando entras por la puerta. Te sientas en la sala de espera y miras el reloj. Media hora después entras en la consulta. El médico que te atiende es un hombre mayor de calva cubierta de manchas y gafas de pasta negra. Su rostro serio no te invita a explayarte. Te escucha con atención, pero crees que tiene que estar pensando en otras cosas. No le da demasiada importancia a tu dolor de cabeza. Te toca el cuello y dice que tienes un ganglio inflamado pero que no es nada importante. Te receta las pastillas de siempre para alejar los demonios y nada más. Sales de la consulta doblando la receta y metiéndola en el mismo bolsillo que la carta de rechazo. Tienes una ligera sensación de desamparo, como si a nadie le importara lo que te pasase. Da igual, a ti tampoco te importa lo que le ocurre al resto del mundo. Caminas sin rumbo fijo, sin saber a dónde vas ni por qué. Te cruzas con gente que te suena por todo el tiempo que llevas viviendo en este barrio. Sin embargo, ni te saludan ni tú a ellos. Llegas a un parque que en otro tiempo fue decorado de alguno de tus juegos infantiles. Recuerdas aquellos años y no puedes evitar esbozar una triste sonrisa. Te plantas en la orilla de un riachuelo lleno de basura y ratas. Con la mirada perdida, sacas los papeles del bolsillo de tu pantalón. Lees la receta. Más pastillas. Sin ellas, quizá no podrías soportar tu propia existencia. Guardas la receta en el abrigo y lees por enésima vez la carta de rechazo. “Estimado autor…” La lees, la relees y la vuelves a leer. Y como con las otras cien recibidas anteriormente, practicas el mismo ritual. Sacas el mechero, la prendes  fuego y la tiras al riachuelo, donde se queda quieta por unos instantes, mientras el fuego se apaga y las letras se vuelven borrosas. Poco después se hunde para unirse a sus otras compañeras, si es que nadie ha limpiado el fondo de ese pozo de contaminación. Te quedas mirando el agua sucia durante unos segundos. El chapoteo de una rata al caer al agua te despierta de tu ensueño. Levantas la mirada, suspiras y te das la vuelta con el firme propósito de escribir un nuevo relato o el comienzo de otra novela. Sabes que no servirá de nada, pero no puedes parar de escribir. Es como tu propia vida. Sabes que es una mierda, pero no puedes acabar con ella. Al menos te ha dejado de doler la cabeza. Es un buen comienzo.

martes, 20 de enero de 2015

332




Siento el latido constante del fracaso

almacenarse en mis venas

rechinan mis dientes

echo chispas

me hundo en lo más negro de la superficie

fluctuando entre desidias concretas

y pensamientos abstractos

un pie detrás de otro

un pensamiento que se come al anterior

y los sueños arrojados a la basura

sueños baratos que adquirí cuando era un crío

me dijeron que si estudiaba sería alguien

que si me esforzaba conseguiría lo que quería

me mintieron

me timaron

se burlaron de mí

sólo lograron llevarme a la frustración absoluta

es a lo que me han reducido

sus hediondas risas vomitando dinero

ellos siempre serán más importantes que la vergüenza

de no ser nada más que una sombra en el pavimento

a veces ni eso

han enmudecido las voces disonantes

que protestan porque sus vidas se han ido por el desagüe

hacia un pozo infinito del que es complicado salir

no les importa

nada importa ya

excepto agachar la cabeza

y decir de forma constante "sí señor"

al tiempo que mis gases estallan

en una sucesión de nervios al borde de la arcada eterna

que penetra en la desesperación

en el grito depresivo

y en la angustia que ahoga las gargantas desnudas

de quien nunca ha hecho nada malo

como para recibir a cambio este trato

este ostracismo indecoroso

esta manipulación de los actos diarios

porque no me queda otra cosa que pasear para no engordar

y seguir paseando para no pensar

pero no se puede parar la máquina del pensamiento

sin algún tipo de sustancia que consiga adormecerla

y entonces me señalan y se fijan en mí

para lo malo

para criticar y decir lo paria que soy

para cerrar puertas pero abrir ventanas

por las que poder saltar sin volar

y otro más al hoyo

otro tachón en su lista negra

nadie llorará en tu entierro

nadie irá ni comprenderá por qué

puede que incluso te insulten y digan lo cobarde que fuiste

pues nadie sabe en realidad lo duro que es el día a día

la repetición constante de las horas

lo difícil que es levantarse por las mañanas

para vivir un día ya vivido

mientras te sientes tan poca cosa

tan vencido

tan derrotado

tan asqueado de ti mismo

que no puedes ni mirarte al espejo

pues ves a un ser repugnante que ya no eres tú

con granos

suciedad

pelo graso

ojeras hasta las rodillas

eccemas en la piel y herpes en los labios

los dientes descolocados

y el pensamiento hundido en el fango

sin esperar nada

sin ser nada

sin poder hacer ni querer

ya que el hacer y el conseguir

equivalen a algo peor que el ser

y no sabes si decantarte por la esclavitud

o la consciencia de la inutilidad de tu vida

tan fácil lo han enseñado

tan fácil lo aprendimos

no hay salida

oídos sordos labios mudos

ya estás muerto

y aún así tienes que continuar