-¿Cómo se encuentra hoy?
-No lo sé, doctor. Mal, supongo.
-Bueno, bueno, no se desanime. En unas semanas estará de vuelta a casa.
-¿Unas semanas, doctor? ¿Cuántas semanas? ¿Dos semanas? ¿Diez semanas? ¿Cuántas semanas son semanas?
-No sabría precisarle.
-No sabría precisarme...
-Aún tenemos que hacerle diversas pruebas.
-Estoy cansada de tantas pruebas.
-Lo sé. Termina siendo agotador. Pero créame, es todo por su bien.
-¿Por mi bien, dice?
-Exacto. ¡Enfermera! Tome la temperatura a la paciente.
-Sin embargo nadie es capaz de decirme qué tengo.
-No se preocupe. Déjelo en mis manos. Debería descansar un rato.
-Descansar... No hago otra cosa que descansar. Me paso el día aquí tumbada, sin poder levantarme, sin ser capaz de dar una vuelta por el hospital y olvidar por unos instantes esta cama. Y encima, va usted y me dice que descanse.
-Entiéndame.
-¡No, entiéndame usted, doctor! ¡He sido todo lo buena paciente que he podido y siguen dándome largas! ¡Nadie me explica qué me pasa! ¡Nadie me dice nada! Las enfermeras se limitan a tomarme la temperatura y el pulso cada hora y salen huyendo de esta habitación tan pronto como pueden. Llevo más de un mes con la cabeza vendada, con el cuerpo agarrotado, con las manos inertes... Y aún así, nadie, absolutamente nadie, me da una explicación convincente de mi dolencia.
-Comprendo su impaciencia, pero...
-¿Qué tengo, doctor? ¿Cuál es mi mal?
-Esto...
-Sea sincero por una vez en su vida, por favor.
-Señora, me ofende. Siempre me he caracterizado por ser un profesional que no se anda con rodeos.
-¡Dígame qué me ocurre!
-Bueno... Esto... No sé cómo decirlo...
-Vaya al grano.
-Lo que pasa, lo que realmente sucede, es que no tenemos ni idea.
-¿Cómo?
-Pues eso. No sabemos qué le pasa ni qué dolencias tiene. En realidad le podría dar el alta ahora mismo, pero es que no me sale de los cojones.
-No entiendo. ¿Y la cabeza vendada?
-Es para no tener que verle la cara cada vez que le hacemos pruebas y le mentimos.
-¡No puede estar hablando en serio!
-¿Podría? No lo sé. La verdad, ¿por qué me pregunta cosas? Está en el hospital, ¿no? ¿Qué mejor lugar que éste donde sentirse seguro?
-Me voy.
-¡No puede irse!
-¿Por qué?
-Pues, en realidad, no lo sé. Pero no puede irse.
-¡Esto es el colmo! ¿Quién hizo que me ingresaran aquí?
-Su hijo.
-Yo no tengo hijos.
-Su marido entonces.
-Déjese de tonterías. Nunca me he casado. Soy demasiado joven para perder el tiempo.
-¿Su padre?
-Va a decir nombres hasta que acierte un parentesco, ¿verdad?
-Bueno, tenía que intentarlo.
-¿Y los síntomas que le he descrito antes?
-¿Qué síntomas?
-Pues el agarrotamiento del cuerpo, el que no pueda mover las manos...
-Eso es debido al tiempo que lleva postrada en la cama.
-¿No van a estudiarlo?
-¿El qué?
-No sé, los síntomas que tengo.
-¿Quiere? Me haría muy feliz que se quedase.
-¿A qué viene tanto interés en que siga ingresada?
-La verdad es que...
-Usted me ama, ¿verdad?
-¡Qué dice! ¡Está usted loca!
-Puede ser. Aunque no suelo equivocarme.
-Esta vez sí. ¡Enfermera!
-Quiere retenerme para verme todos los días. ¿Cree que no me he dado cuenta de su voz, de ese tono dulce con el que se dirige a mí? ?De esa simpatía melosa que me saca de los nervios?
-¡Enfermera! ¡Lleve a esta mujer a psiquiatría y que no salga de allí en un mes! ¡Está para que la encierren!
(ENFERMERA)-¡Cómo!
-Ya me ha oído. ¡Hágalo!
(ENFERMERA)-¿Y usted quién es?
-Pues no lo sé. ¿No soy el médico de esta planta?
-No. Ni siquiera estamos en un hospital. Esto es una tienda de ultramarinos.
(PACIENTE) -¡Dios mío, cuánto tiempo llevo aquí!
(ENFERMERA) -¿En el escaparate? Un año. Pero antes estuvo en la trastienda. Y al principio fue el reclamo que pusimos en la puerta. (AL DOCTOR) ¡Oiga, no se vaya! (A LA PACIENTE) ¡Este hombre viene todos los días a hablar con usted! Siempre hace el papel de doctor. No sé por qué. A veces le sigo el juego y otras no. No es mal tipo. Un poco extraño, pero no resulta peligroso. Creo que le gusta.
-¿En serio?
-Sería un partido interesante si no fuera porque a veces se le va la cabeza.
-¿Qué hago yo aquí?
-No lo sé. Simplemente apareció un buen día tumbada en esa cama.
-Y ¿por qué no me han echado?
-Y ¿por qué no se hacen tantas cosas? ¡Quién lo sabe! Relájese, es hora de su medicina.
-¿Qué medicina?
-Para calmar los nervios, ¿recuerda?
-No estoy en un hospital.
-Sí que lo está.
-¡No lo estoy! ¡Usted misma ha dicho que esto era una tienda de ultramarinos.
-¡Yo no he dicho tal tontería!
-¡Sí lo ha dicho! ¡Lo recuerdo perfectamente!
-La verdad es no sabe ni quién es ni dónde está. Tranquila, aquí no se le va a hacer ningún daño. Tómese la medicina.
-Me quiero morir.
-Siempre dice lo mismo antes dormir.
-Es que es lo que siento.
-Buenas noches, señora. Mañana será otro día y se sentirá mejor.