viernes, 24 de octubre de 2014

324





No sé por qué intenté robar aquel libro de la biblioteca. Ni siquiera recuerdo su título. Lo cierto es que me pillaron. Me condujeron a una habitación blanca donde había una silla y me dejaron ahí solo durante unos minutos. No había ventanas ni decoración alguna. No había nada. Entonces entró un hombre. Me dio la mano sin apretarla, dejándola fofa, sin fuerza. El tacto de su piel y la consistencia insípida de su piel me hicieron retirar la mía al instante. Sentí asco. Me fijé en su cara mientras él sonreía sin sentimiento. Se parecía a mí. Misma altura, mismos ojos, misma boca… Todo prácticamente igual, sin ser yo. Sentí un escalofrío. No dijo nada. Se limitó a mirarme, esperando que yo dijera algo. Pero me quedé mudo, sin palabras.
-¿Por qué no te sientas? –me dijo después de unos instantes en completo silencio.
-No, gracias. Prefiero estar de pie.
-Como quieras.
-¿Qué hago aquí?
El hombre se dio la vuelta y comenzó a acariciar la pared mientras recorría la habitación de un extremo al otro.
-¿Te gustan los libros? –dijo al fin.
-¿Estoy detenido?
-Tengo un secreto.
-Yo también.
-A las seis en punto saldré de aquí y no volveré. –dijo apoyándose en la pared y mirándome con la sonrisa eterna en su boca.
-Siento haber intentado robar el libro.
-¿Alguna vez has querido morir?
-Alguna que otra.
-Te ofrezco la oportunidad.
-¿De morir?
-De dejar de ser tú y ser yo.
-No le veo sentido.
-Tu vida de mierda a cambio de la mía.
-¿Por un libro?
-Por dignidad.
-No recuerdo haber tenido nunca eso.
-La tenías. Yo no.
Cae el silencio.
-Tengo un secreto. –vuelve a decir.
-Yo no te voy a contar los míos.
-Es posible que los dos muramos.
-¿Cuándo?
-Ahora.
-Y, ¿qué importa?
Los dos nos quedamos en silencio. El hombre se acercó hasta la silla y se sentó.
-¿Qué libro querías robar?-preguntó.
-Ni siquiera quería robarlo. No sé por qué lo he hecho.
Me miró durante unos segundos sin decir palabra, sólo estudiando mi persona.
-Ya puedes irte. -comentó en un susurro cargado de aburrimiento.
-¿Ahora?
-Sal por esa puerta cuando quieras.
Me quedé mirándole. La sonrisa se había apagado. En realidad parecía como muerto. Me asusté. Abrí la puerta y salí. El reloj de pared que había enfrente de mí marcaba las seis en punto. Miré a mi espalda y la puerta se cerró. Sin pensarlo demasiado, me puse a trabajar, ordenando algunos libros que estaban mal colocados. Desconozco qué me impulsó a empezar un trabajo que no era el mío, pero así llevo once años y a veces me preguntó qué pasó con mi vida.

martes, 21 de octubre de 2014

323

  
Eran las tres de la mañana cuando llamaron a la puerta. Lo sé porque estaba despierto. Lo sé porque yo estaba ahí. Tres golpes. Uno, dos y tres. Nudillos fantasmales chocando contra la madera carcomida. Sin  prisas. Con toda la tranquilidad del mundo. Uno… dos… tres… Comprobé el reloj, dejé el vaso de leche que me había preparado para conciliar el sueño y abrí la puerta. No había nadie. Sólo estaba presente la inmensa oscuridad que recorría el pasillo del portal y el sonido constante del viento golpeando desde fuera. Miré a un lado, miré al otro. Nada. Me metí en casa y cerré la puerta. En ese instante me di cuenta del papel que descansaba en el suelo esperando llamar mi atención. Lo cogí extrañado y lo desdoblé. La caligrafía era errática, psicótica, con altibajos de grafito rubicundo. Leí. “Cariño, estoy partida. No puedo andar. Ven a por mí, por favor.” Cogí el vaso de leche, me senté en el sillón y leí de nuevo la nota. “Estoy partida…” “No puedo andar…” “Cariño…” No conté las veces que repasé esas líneas, pues me quedé dormido antes de hacerlo, pero podrían haber llegado perfectamente a las cien. Sin embargo, era imposible saber o imaginar quién había escrito la nota y por qué me la habían dejado debajo de la puerta.
Tres noches después. Descansaba como podía, es decir, nada, en la cama que tiempo atrás había sido de mis padres hasta que estos murieron. Daba vueltas sin poder dormirme, sin pensar en nada. Oí entonces que alguien llamaba desde el cajón de la mesilla. Tres golpes contundentes pero no violentos. Uno… dos… tres… Me pregunté quién podía llamar a esas horas . Encendí una cerilla y prendí la vela que había a mi lado. Abrí el cajón de la mesilla y no había nada, sólo paredes de madera desnudas y un olor a vacío rancio que acarició mi nariz suavemente. Metí la mano buscando alguna respuesta y encontré otra nota. Podría haber sido la misma que la noche anterior. De hecho pensé que así era y que la había dejado ahí , olvidándome de ella. Pero al abrirla, pese a que la caligrafía era la misma, tamaño de letra, subida y bajada de picos esquizoides, el texto se diferenciaba en algo. Leí. “Cariño, apenas puedo arrastrarme por el suelo. Ven a por mí, por favor. Te necesito.” Seguí sin saber quién era la autora del texto y qué pretendía. Leí la nota otras tantas veces y me dormí.
Un mes más tarde y unas cuantas noches en vigilia. Me preparaba para irme a la cama cuando alguien llamó a la ventana. Tres golpes, como en anteriores ocasiones, sólo que esta vez se mitigaron con el ulular del viento y me costó oírlos. Uno… dos… tres… Me acerqué a la ventana enrejada. La abrí, pero allí no había nadie, sólo la negrura de una noche espesa que se propagaba por las calles como una mancha eterna. Entonces vi el papel blanco que, milagrosamente, apenas se movía por el viento. Lo cogí, lo desdoblé. Recordé las noches anteriores y leí. “Cariño, mi tronco se ha partido en dos. Ya no puedo moverme. Es inútil. Te quiero.” Cerré la ventana con cierta desidia, concentrado como estaba en la lectura de la nota. Me fui a la cama y me dormí al instante.
Ha pasado un año. Es una noche como otra cualquiera. Me cuesta dormirme y doy vueltas por la casa pensando en nada, haciendo nada, tratando de ser nada. Entonces se me ocurre la absurda idea de esconderme en el armario. Abro la puerta y me introduzco en la oscuridad que alberga. Doblo las piernas, me acoplo. Cierro la puerta. Respiro profundamente intentando conciliar el sueño, pero el sueño no viene a por mí. Pasa el tiempo y sigo igual. Intento abrir la puerta de nuevo pero no puedo. Está atrancada, o eso parece. Me duele el cuerpo por la postura adquirida. Las piernas se me duermen. La cabeza es un estallido continuo. Aún así, intento abrir para salir cuanto antes de ahí. Imposible. Llamo tres veces. Uno… dos… tres…  Alguien abre la puerta. Abro la puerta y sólo veo la negrura de un vacío desolador. Las perchas desnudas, los estantes hambrientos. No hay nadie ni nada, excepto un montón de notas de papel dobladas por la mitad que no sé qué hacen ahí.
  

martes, 23 de septiembre de 2014

322



Caminaba absorto en mis pensamientos más abstractos, aquellos que no te llevan a ninguna parte y hacen de tu cerebro una masa gelatinosa informe que cambia continuamente de color, cuando ella se subió a mi espalda y clavó tan fuerte como pudo los tacones de sus zapatos en mis ingles mientras gritaba de forma alocada “arre” a los cuatro vientos. Fue tal mi sorpresa que ni siquiera me dio tiempo a pensar en lo que estaba sucediendo, de modo que agarré sus piernas con fuerza y aceleré el paso, atravesando callejuelas y parques infantiles. Pero aquella velocidad no parecía ser de su agrado, y golpeó sin miramientos un par de veces mi cabeza con sus manos abiertas, tan fuerte que reconozco que me dejó más tonto de lo que ya estaba. Corrí como si la vida me fuese en ello, sin rumbo fijo, torciendo aquí, metiéndome allá, mientras su risa histérica parecía llenar el mundo entero y romper en mil pedazos las ventanas de los pisos por donde pasábamos. Comencé entonces a sudar como un auténtico puerco ante el esfuerzo realizado y el calor que hacía aquel día. Notó entonces mi cansancio y tiró de mi quijada para atrás con la intención de frenarme. Me indicó un sitio a la sombra donde poder descansar. Se apeó de mi espalda y me propinó un par de toques suaves en la cabeza acompañados por un casto beso en la mejilla. Me fijé en ella y vi que era sencillamente hermosa. Ni siquiera pensé en las consecuencias, pero me prometí a mí mismo obedecer a todo lo que ella mandase con tal de permanecer a su lado. Podría haber elegido a cualquier otro, a alguien más fuerte, más apuesto, para cargar con su peso liviano por las miserables calles de esta ciudad. Pero me escogió a mí. ¡A mí!
Desapareció por una puerta entreabierta que había unos metros más abajo. En esos momentos podría haber huido y continuado con mi propia vida, con mis pensamientos abstractos que llenaban toda mi existencia, pero esperé. Era tal el sentimiento que tenía hacia ella. Y de repente, salió corriendo del mismo lugar por donde desapareció minutos antes, cargada con dos pesadas bolsas de plástico y disparando una pistola de agua que había llenado con cierto ácido o algún producto químico, según pude comprobar al caer un chorro del mismo sobre la cara de un hombre que la perseguía. Los gritos desgarrados del hombre reventaron mis oídos, consiguiendo ponerme nervioso y que el miedo se alojase en mi estómago. La mujer se montó de nuevo en mi espalda con tal destreza que parecía que lo había estado haciendo durante toda su vida. “Deprisa, salgamos de aquí”, gritó en mi oreja, y puse en funcionamiento las piernas de tal modo que me sorprendió ver la velocidad que adquirían. Esas bolsas debían contener algo realmente valioso, pues pesaban como mil demonios. Los gritos del hombre se fueron alejando y apagando. Me deslicé por las calles como si conociese al dedillo todo aquel barrio, mientras la gente nos miraba de forma atónita sin comprender qué estaba sucediendo. Sí, era un imbécil, pero disfrutaba al sentir su entrepierna pegada a mi espalda y sus pies clavándose en mi bajo vientre. No me importaba el calor, apenas pensaba en él, ni en la gente, ni en el peso de aquellas dichosas bolsas. Tampoco me importaba el esfuerzo que estaba realizando, ni la sed o el cansancio que ya sufría. Habría seguido corriendo con ella a cuestas hasta los campos quemados que bordeaban la ciudad si no hubiese metido el pie en una alcantarilla abierta. Recuerdo que ella voló por encima de mí, soltando las bolsas que la acompañaban, mientras mi pierna crujía por cuatro partes distintas. Una nube de dolor indescriptible cegó mi visión al instante, haciéndome vomitar de inmediato lo poco que había desayunado aquella mañana. No podía moverme. Grité tan fuerte que mi garganta comenzó a sangrar poco antes de quedarme sin aire en los pulmones. Lloré de rabia, de impotencia, de dolor extremo. Ella se levantó del suelo y se acercó hasta donde yo estaba con las manos ligeramente magulladas y una tímida expresión de pena y congoja en su rostro. Yo no paraba de quejarme y de intentar permanecer lo más quieto posible pese al sufrimiento, pues el más mínimo movimiento de mi cuerpo significaba una explosión de dolor agudo en mi pierna. Fue entonces cuando ella sacó la pistola, pero una de verdad, no la de agua que había utilizado anteriormente. Supuse que era auténtica por la forma y el color de la misma. La mujer soltó una pequeña lágrima que recorrió ese rostro por el que había enloquecido, y apuntó el arma a mi cabeza. Comprendí que era la mejor opción, la única salida, pues no podría volver a serle útil en sus próximos y futuros planes. “Lo siento”, dijo y apretó el gatillo. Recuerdo el eco del disparo multiplicarse en el aire y mi cabeza explotar en una nube roja poco antes de la más absoluta negrura; antes de perder para siempre su rostro en algún pensamiento abstracto que no me llevó a ninguna parte.

miércoles, 27 de agosto de 2014

321



Me desperté en mitad de la noche con la sensación de que había algo debajo de la cama. Encendí la luz y me incorporé. Instantes de confusión, de no saber dónde me encontraba ni lo que pasaba. Mi marido no estaba a mi lado. Pensé que estaría en el servicio o habría ido a la cocina a beber agua. Aquella noche, el calor era insoportable. Me levanté de la cama notando todo mi cuerpo empapado en sudor. Aún estaba aturdida, mirando sin mirar cualquier punto de la habitación, cuando un movimiento en el colchón llamó mi atención. Esperé. Concentré los ojos en la cama. Me pregunté si no había sido todo producto de mi aturdimiento. Pero ahí estaba de nuevo, como si algo se escondiese dentro del colchón. Eché la sabana para atrás. El corazón acelerado. Llamé a mi marido, pero nadie contestaba. Volví a gritar su nombre, pero sólo me respondió el silencio. Mientras tanto, algo se revolvía en el interior del colchón con cada vez mayor violencia. Corrí hacia la cocina y en el camino encendí todas las luces de la casa que me fui encontrando. Mi marido no estaba en la cocina. No estaba en ningún lado. Cogí un cuchillo. No era ni el más grande ni el más afilado. En realidad, fue el primero que encontré en el cajón. Me dirigí a la habitación y aquella cosa seguía moviéndose en dentro del colchón. Fuera lo que fuese, tenía que ser enorme. No se trataba de una rata o una invasión de insectos. Era algo tan grande como yo, o más. Me acerqué a la cama agarrando el cuchillo tan fuerte que mis nudillos se volvieron blancos. Lancé un pequeño grito cuando al apoyar la mano en la cama, aquella cosa se movió incluso más. Sabía que estaba allí, podía olerme, o verme, o qué sé yo. Entonces, decidí rajar el colchón. Clavé la punta del cuchillo suavemente y abrí un surco hasta casi los pies de la cama. Nada se movía. Agarré uno de los extremos y abrí de golpe aquella superficie donde tantas noches había dormido, follado, soñado, descansado. Entonces vi al hombre desnudo y maniatado, con lo que parecían unas bragas metidas en su boca y un trozo de cinta tapándolas. No lo pensé. Ni siquiera me dio tiempo a recapacitar o a hacerme alguna pregunta. Nadie me creyó entonces , pero juro que no reconocí a mi marido. Sólo vi a un personaje extraño que estaba escondido desnudo y atado en el interior de mi colchón. Mi brazo actuó por sí sólo. Se desligó de mi cerebro, de cualquier orden que pudiera mandarle. Se limitó a clavar el cuchillo en aquel cuerpo blancuzco que se revolvía con cada herida infligida. La sangre brotó en ríos calientes que tiñeron la cama. No recuerdo si grité. Ni siquiera me acuerdo de cuánto tiempo estuve así, subiendo y bajando el brazo. ¿Cincuenta y seis cuchilladas? Bueno, la verdad, no las conté. Deberían creerme, no supe que era mi marido. No le reconocí. Lo juro.

lunes, 25 de agosto de 2014

320

  
   Sale a la calle sin saber de dónde viene ni a dónde va. Sólo se fija en una nota de papel que permanece pegada al suelo a pesar del viento que corre por la avenida. La coge y lee. “Sígueme”. Se queda pensando un rato, pero en su cerebro no hay imagen alguna. Todo es un blanco cristalino. Comprueba sin sorpresa que más adelante otro papel le espera. Se dirige hasta él. Los viandantes ni siquiera lo pisan porque no hay nadie caminando por la calle. Se agacha y lee: “¿No crees que deberíamos hablar?” Sin darle demasiadas vueltas a la cabeza, continúa andando hasta el siguiente papel. Una receta médica de unos ansiolíticos. Se mete por un callejón. “Demasiado fuerte como para aguantarlo”. Baja las escaleras del metro. Una lista de la compra en la que se puede leer: un kilo de tomates, una barra de pan, cuchillas de afeitar, nata líquida y papel higiénico. Aunque no hay nadie en la estación, ni siquiera un triste guarda de seguridad, saca de la máquina un billete. Accede al andén que le lleva directo al centro. “100% algodón”.  Surge el metro del túnel, se detiene, se abren las puertas y el hombre se sienta donde alguien ha dejado otra nota. “Cuidado. Mancha”. Cierra los ojos e intenta pensar sin conseguirlo. Cinco paradas más adelante, se levanta y sale de un vagón completamente vacío con la espalda y los pantalones manchados de amarillo. Otro papel. “Sal a la calle. Diviértete”. Es raro ver el centro de la ciudad sin un alma por sus calles. Sube unas escaleras. “Resiste, ya queda poco”. Se mete en un edificio. “Libre de entrar”. Sube otras escaleras, esta vez de madera vieja y crujiente. Abre una puerta. “Sírvete tú mismo”. Un antiguo salón de juegos, con varias mesas de billar y asientos donde poder tomar un café o una copa tranquilamente. Ambiente viciado. Olor a tabaco estancado. Al fondo una figura se recorta al lado de una ventana. Es una mujer con infinidad de moscas volando sobre su cabeza. Los insectos apagan la belleza natural que posee. Permanece sentada ante un café humeante mientras el hombre se sitúa frente a ella. La mujer levanta la mirada.
-Lo siento... ¿Nos conocemos?- dice él.
La mujer le observa.
-No... No creo. ¿Debería?
-He seguido los papeles que ha ido dejando por la calle.
Ella le da un sorbo al café sin apartar la mirada del hombre.
-No sé de qué me está hablando. Creo que se equivoca de persona.
-Los papeles que me han traído hasta aquí. Los que ha ido poniendo como pistas para finalmente encontrarnos.
La mujer permanece en silencio unos segundos.
-Yo no he dejado ningún papel.
-¿Entonces?
-Entonces, señor mío, no hay duda de que se ha equivocado. Y ahora, si no le importa… Me gustaría tomarme el café tranquilamente.
El hombre baja la mirada. Comprueba sin darse cuenta la hora de su reloj, pero éste lleva días parado.
-Es una lástima.- consigue decir.- ¿No le gustaría tomar algo conmigo?
La mujer esboza una sonrisa.
-No, de verdad. Muchas gracias. Tengo muchas cosas que hacer y estoy segura de que usted también.
-Pero…
-Por favor, no diga más. Dejemos que todo quede aquí.
El hombre mira por última vez a la mujer y no siente repugnancia alguna al comprobar cómo las moscas se posan en sus ojos y se intentan meter en su boca apenas abierta.
-Siento haberla molestado.- susurra el hombre antes de darse la vuelta.
-No se preocupe. No me ha molestado.
Se va cabizbajo, clavando las manos en los bolsillos de su pantalón y la mirada en el suelo. Paso lento pero seguro. Una nota en la pared, al lado de la puerta, clavada con alfileres. Se acerca y lee. “El placer de haberte visto después de tantos años”. El hombre vuelve a leer la nota. La lee cinco veces antes de darse la vuelta y comprobar que la mujer ha desaparecido. Se acaricia la barbilla pensativo y desecha cualquier pequeña imagen que le viene a la cabeza. Será mejor volver a ninguna parte.