viernes, 26 de junio de 2015

352



Es la sensación de estar harto.
Es la hartura de sentir. 
Es lo que no sale y sin embargo avanza. 
Es la mierda que hay que tragar. 
Es el trago que tienes que soportar. 
Es la visión de la nada. 
Es la nada convertida en cero. 
Es la desidia mudada en hábito. 
Es la cotidianidad saboreada por la malicia. 
Es el corazón en la garganta como acto vital. 
Es la cobardía de no saber estar.
Es el estar siendo un imbécil a todas horas.
Es el sentirte como tal.
Es la canción que una vez oí convertida en vómito. 
Es el sueño que nunca se cumplió. 
Es la mentira como forma de vida. 
Es la vida transformada en una enorme broma.
Es el no confiar, no querer, no ser.
Es ver cómo todo lo que creías no existe. 
Es saber que lo que existe no vale nada. 
Menos que eso.
Menos que cero. 
Es encontrarte con caras extrañas en los cuerpos de viejos conocidos.
Es la gente nueva que te habla sin parar. 
Es detenerse, sentirte raro y no saber qué hacer. 
Es el preguntarte todos los días qué va a pasar. 
Es el intentar pasar de puntillas por el resto. 
Es el resto regurgitado con asco.
Es el asco asqueroso que no me deja tragar. 
Es la infancia transformada en mito, 
y el resto de tu vida en algo que no sucedió. 
Es el querer hacer y no poder. 
Es no poder por no querer. 
Es ralentizar lo inevitable. 
Es esconderse continuamente para no recibir metralla. 
Es la rabia que me ahoga. 
Es la sensación de no haber hecho nada bueno en mi vida.
Es la resaca de recibir la bofetada,
y cuando te estás recuperando, recibir otra más.
Es el no querer levantarse por las mañanas. 
Es el refugio alcohólico mezclado con pastillas naranjas. 
Es el permanecer dormido las veinticuatro horas.
Es el no soñar más.
¿Para qué? 
Es no cambiar el discurso. 
Es escribir y hablar siempre de lo mismo, 
si es que se escribe o se pronuncia una sola palabra.
Es no ver futuro. 
Es sentir demasiado el presente. 
Es encontrarse con la farsa del pasado 
y darte cuenta de que lo único que creías auténtico, tampoco sucedió.
Es que hoy es hoy. 
Es lo que hay.

martes, 23 de junio de 2015

351




Héctor vuelve a casa como cada día. La misma hora de siempre. Viene cansado, agotado, sin ganas de hablar. Sabe que su mujer y sus hijos le esperan al otro lado de la puerta, y es el único consuelo que aún le queda a estas horas de la noche. Piensa en la cena mientras saca la llave del bolsillo de su pantalón y no puede evitar un rugido procedente de su estómago vacío. No tiene muchas ganas de hacer el amor, pero puede que haga un pequeño esfuerzo. Al fin y al cabo, ya han pasado tres días desde la última vez. Héctor adora a su mujer. O eso cree. Mete la llave en la cerradura y la puerta no se abre. Lo intenta un par de veces y la cerradura no corre. Saca la llave y la vuelve a meter. Extrañado, comprueba que la puerta sigue sin abrirse. Mira a su espalda para verificar que no se ha equivocado de piso. Alza la vista y ve que es el número de su casa. Sin embargo, la puerta sigue cerrada. Lanza una palabrota mientras aprieta la llave a un lado al otro. De repente, la puerta se abre, pero no gracias a él. Un hombre de unos cuarenta años vestido con un pijama oscuro le observa con expresión seria desde el interior de su apartamento.
-¿Qué hace? –pregunta el hombre del pijama.
-¿Quién es usted? –dice Héctor con cierto nerviosismo.
-No creo que eso le importe a usted.
-¿Qué hace en mi casa?
-¿Su casa? Mire, amigo, dese la vuelta y márchese antes de que le rompa la cara de un puñetazo.
-¡Esta es mi casa! –Héctor empieza a no comprender nada en absoluto. Su nerviosismo va en aumento.
-Debe haberse equivocado de piso. ¿Está usted borracho?
-No he probado una sola gota de alcohol. Esta es mi casa. Siempre lo ha sido. ¿Y mi mujer?
-¿Su mujer?
-¿Y mis hijos?
-¿Cuál es su dirección?
-Calle del Olmo uno, tercero A.
-Sí… -comenta el hombre extrañado-. Esta es la dirección.
-Déjeme entrar. Necesito ver a mi familia –dice Héctor abalanzándose a la puerta.
El hombre del pijama le obstruye el paso, y de un empujón le manda a la pared de enfrente. Héctor choca violentamente.
-¿Está usted de broma? Márchese o llamo a la policía.
-¡Pero esta es mi casa! ¡Todas mis cosas están ahí! ¡Mi familia…!
-Aquí no hay nadie más que mi mujer y yo.
-Esto es absurdo. He salido esta misma mañana de aquí para ir al trabajo.
-Imposible. Llevo viviendo en este piso hace más de siete años.
Héctor se lleva las manos a la cabeza.
-Me estoy volviendo loco. ¿Es esto alguna especie de broma? Dígale a mi mujer que estoy demasiado cansado como para aguantar estas gilipolleces.
En ese momento aparece por la puerta una mujer rubia con rostro preocupado que observa  de forma alterna al hombre del pijama y a Héctor.
-¿Ocurre algo? ¿Qué pasa?
-Nada, cariño. Este hombre que se cree que vive aquí. Métete para adentro. Ya me ocupo yo.
Héctor se fija en la mujer y, aunque cambiada en cierto aspecto, reconoce al instante a su propia esposa.
-¡Cariño! –dice Héctor extendiendo los brazos y una alegre sonrisa en su rostro.
-¿Cariño? –pregunta asustada la mujer.
-¡Es mi esposa! –grita Héctor desesperado.
-Mire, amigo, ya me está cansando. O se va, o de una patada le hago bajar todas las escaleras.
-¿No me reconoces? ¿Qué coño te pasa? No estoy para bromas, cariño. Hoy no. Si quieres, otro día nos reímos de todo esto juntos. Pero hoy no. Sólo quiero cenar e irme a la cama. Estoy demasiado cansado.
-Será mejor que llames a la policía –dice el hombre del pijama a su mujer sin despegar sus ojos de Héctor.
Sin embargo, la mujer no se mueve.
-¡Dios! ¡Pero, ¿qué te ocurre?!
-Amigo, deje de gritar.
-No me mires con esos ojos como si no me conocieras –dice Héctor ignorando al hombre del pijama-. Te llamas Cristina. Tienes cuarenta y cinco años y dos hijos. El pequeño se llama Samuel y el mayor Carlos. Diez y doce años, respectivamente. Llevamos más de quince años casados, y unos veinte desde que empezamos a salir. Trabajas por las mañas en un bufete y por las tardes te ocupas de los niños…
-¿Quién cojones es este individuo? –Pregunta la mujer con voz temblorosa al hombre del pijama.- ¡Está loco!
-Llama a la policía –ordena su marido.
-¡No! –Grita Héctor- ¡No te vayas!
La mujer entra al interior del apartamento y desaparece.
-Será mejor que se vaya antes de que tenga problemas –advierte el hombre del pijama.
Héctor agacha la cabeza. Respira hondo.
-Esta es mi casa, maldito cabrón –susurra lo suficientemente alto como para que el otro le oiga.
-Bueno, ya he tenido bastante paciencia –dice el hombre del pijama mientras coge a Héctor del pecho.
Los dos se zarandean, pero Héctor parece tener menos fuerza que su contrario. Un par de puñetazos sin respuesta. Unas palabrotas. El hombre del pijama acerca a Héctor a las escaleras y lo lanza abajo. Cae rodando como un muñeco. Se hace un par de brechas en la cabeza y otra en la ceja, pero cuando deja de rodar no sufre lesiones más graves. Sangra profusamente por las heridas abiertas. Se levanta dolorido del rellano. Observa al hombre del pijama, que le mira con rostro pétreo desde lo alto de la escalera. No dice nada. Ninguno de los dos suelta palabra alguna. Sólo se miran. Pasados unos segundos, el hombre del pijama se da la vuelta y vuelve a su casa. Se cierra la puerta. Las paredes tiemblan. Héctor hace lo propio y continúa bajando el resto de escalones que le separan hasta la calle. Una vez fuera, el viento gélido le da un bofetón en la cara. Se pregunta dónde irá a estas horas, y lo que es aún más importante, quién es en realidad.

viernes, 19 de junio de 2015

350



Antes de dormirse, Ricardo siempre piensa en su propio suicidio. Le relaja, le hace sentir bien. Cierra los ojos e imagina que está sentado en la cama con una pistola entre sus manos. Mira al frente. Se mira a sí mismo. Acerca el cañón del arma a la sien, o bien lo introduce en la boca, y aprieta el gatillo. Entonces surge la explosión y la sangre, y Ricardo cae al suelo mientras el linóleo gris se cubre de rojo oscuro. La imagen es bella, cargada de poesía. Nadie escucha el disparo. Nadie encuentra su cuerpo.
A veces, el disparo en la cabeza es sustituido por un salto desde la ventana, o desde un avión, o incluso desde la azotea de un rascacielos. Y Ricardo se siente libre por primera vez, mientras cae sin control hacia un pavimento que se acerca de forma peligrosa. Aun así, Ricardo no puede evitar sonreír, y  mantiene la estúpida expresión hasta que su cuerpo choca contra el suelo y todas sus extremidades se doblan como si fuera un muñeco roto. Explota por dentro. Alguien grita, pero, por lo general, la indiferencia impera en los testigos de su muerte.
En otras ocasiones, Ricardo se abre las muñecas con una cuchilla de afeitar. Observa hipnotizado la sangre correr y mezclarse con el agua que cae de la ducha. No le gusta demasiado este sistema porque es más lento que los otros dos y teme entrar en pánico en el último momento. Pasa lo mismo con la ingesta excesiva de tranquilizantes. Sí, sabe que es una muerte más dulce, o eso ha oído. ¿Dónde? No lo sabe, pero cree recordar que es así. Sin embargo, tampoco es el método que más le llame la atención. Prefiere ahorcarse. Pero ¿de dónde? En su casa no hay vigas, y  las lámparas son tan frágiles que se romperían con su propio peso. Sueña entonces con irse al campo y colgarse de un árbol robusto en mitad de la nada. Imagina que los pájaros comienzan a comer su cadáver y se alegra de por fin servir para algo.
No le gusta el veneno porque no quiere vomitar y sentirse mal. Odia vomitar. Desde crío. Por eso apenas bebe.
Ha pensado en lanzarse contra un coche en marcha, pero no quiere causar molestias a terceros. Colocarse en las vías del tren y esperar a que machaquen su cuerpo es una idea atractiva que a veces se cuela en su cerebro. Rápido y efectivo. Lo malo es la espera.
Al final, Ricardo siempre termina quedándose dormido. La noche suele transcurrir tranquila, hasta que se despierta gritando con la terrible sensación de que se va a morir. No sabe dónde está ni quién es. Sólo grita mientras se lleva la mano al pecho. Grita y grita, y no puede parar de gritar. Ni siquiera piensa en los vecinos. Pasados unos segundos, todo termina calmándose y comprueba aliviado que ha sido víctima de una terrible pesadilla. Se tumba de nuevo en la cama, pero le cuesta conciliar el sueño. Entonces piensa en la falta de trabajo, en la soledad que le acompaña, en el día que se aproxima y que será igual al anterior, en la frustración y el desamparo que le aquejan. Mira desde su posición la ventana. La claridad se va haciendo palpable. Le entran deseos de levantarse, abrir la ventana y colocarse en el alfeizar. Saltar, pero no morir. Quizá volar y huir tan lejos de aquí como sea posible. Cierra los ojos y se vuelve a quedar dormido. No importa la hora que sea. Al fin y al cabo, no hay nada mejor que hacer.