lunes, 1 de febrero de 2016

370



Veo a una mujer que no existe,

 que me llama,

que me dice,

que no responde,

que ríe.

Veo a una mujer que no existe

sentarse en mi sofá y mirar al frente,

descansar las manos en sus rodillas,

difuminar su rostro en humo,

regurgitar ideas caligráficas.

Veo a una mujer que alguna vez habló

permanecer en silencio con sus propios miedos e histerias,

con su locura ambigua refulgiendo en la inmensidad del sueño.

Veo a una mujer que no existe

desmoronar mi normalidad absurda,

darle la vuelta,

hacer de lo lógico lo trágico,

romper logaritmos de monotonías esquemáticas.

Veo a una mujer que no existe

provenir de otra época y asentarse en ésta,

respirar el aire fétido del siglo presente,

estructurar su no presencia en diagramas de pérdidas y fallos.  

Veo a una mujer que no existe

permanecer en silencio viendo el tiempo pasar,

dejando morir su cabello sin color

y fusionando su vestido antiguo con los años en sepia.

Veo a una mujer que no existe

no hacer nada excepto estar sin estar,

sin ser,

sin respirar,

sin morir,

pues ya está muerta.

Veo a una mujer que no existe

que desaparece ante mis ojos,

que se mete en mi memoria,

que se aloja en mis neuronas infectadas,

que se diluye en el líquido alcohólico que conserva mi cerebro.

Veo a una mujer que dejo de ver,

 que se retuerce ante su inexistencia,

que se deja llevar,

que rebota en la negrura

y a veces vuelve.

jueves, 28 de enero de 2016

369



Eran las tres y cuarto de la mañana cuando el grito desgarrado de mi mujer rasgó la tranquilidad de la noche y me  arrancó de un sueño profundo y placentero. Lo sé porque vi el reloj y sus números iluminados destacando en mitad de la negrura mientras me adaptaba al mundo real. Me desperté sobresaltado, con el corazón en la garganta bombeando sangre mezclada con adrenalina.
-¿Qué pasa? ¿Qué te pasa? –pregunté asustado zarandeando su cuerpo rígido.
Ella seguía gritando. Encendí la luz de la mesilla y vi su rostro congestionado. Una lágrima supuraba de su ojo izquierdo y corría mejilla abajo. El grito cesó, pero no así el desasosiego que había invadido mi cuerpo.
-¿Qué te ocurre? Contéstame –insistí.- No me asustes.
-No… No puedo moverme –respondió entre lágrimas y balbuceos.
-¿Cómo que no puedes moverte?
Ella tenía los ojos cerrados, mezcla del esfuerzo que hacía por mover sus extremidades y el terror que aquello le estaba produciendo.
-¡No! –Gritó- Tengo… los… brazos y las piernas… muertos.
-Eso es imposible –dije incorporándome en la cama para verla mejor.
-No puedo… moverlos –y estalló en otro ataque de lágrimas.
Le cogí un brazo. Estaba como sin vida. Lo masajeé.
-¿Notas mis dedos? –pregunté.
-No –contestó sin poder disimular su miedo un solo instante. Sus ojos, tan verdes y llamativos que nunca me cansaba de mirarlos, ahora estaban inyectados en sangre y ahogados en pánico.
-Voy a llamar al médico –y me levanté de la cama dispuesto a coger el teléfono.
-¡No! No, por favor, no le llames.
-¡Cómo que no le llame! Cariño, no puedes mover ni los brazos ni las piernas. Necesitas que te vea un médico.
-Da igual. No le llames, por favor. Tengo miedo.
-No te preocupes. El médico sabrá qué hacer.
-Pero, es que no quiero verle. No quiero que venga.
-¡Pero necesitas que alguien te vea!
-No… por favor. Ven aquí.
-Voy a llamarle quieras o no.
-Por favor… -y las lágrimas, que no habían dejado de brotar en ningún momento, se multiplicaron.
-Pero ¿por qué no quieres que te vea un médico? Es que no lo comprendo. Esto no es normal.
-Ven aquí, por favor. Siéntate a mi lado.
Obedecí sin saber muy bien por qué, tal vez para calmarla, para que se tranquilizara y así poder convencerla de que llamar al médico era lo más lógico. Cogí su mano. Estaba tan fría que sentí incluso una sensación de rechazo. Aun así, apreté con fuerza aquella mano muerta para intentar darle calor, insuflarle vida.
-Cariño… -comencé a decir.
-No sé si me estoy muriendo.
-¡No te estás muriendo, mujer! –dije incluso enfadado.
-Si así fuese… Si me estuviera muriendo… Tengo que contarte algo que no sabes. Algo muy importante.
-No quiero saber nada importante ahora. Sólo quiero llamar al médico.
-Pero puede que el médico llegue tarde y no me dé tiempo a decirte lo que te tengo que decir. Es muy importante. Tan importante, que necesito que todo quede aclarado. Entre tú y yo. Es algo que no sabes. Algo que nunca te he contado.
-Déjate de escenas. No te vas a morir.
-Pero sabes que esto no es normal. Me falta el aire.
-Eso es por la ansiedad.
-O porque también se me están cerrando las vías respiratorias.
-No digas tonterías –contesté sin estar al cien por cien seguro.
-No eres médico.
-Ni tú tampoco –repliqué.
-Déjame contarte –pidió, y parecía estar un poco más calmada.
-No necesito oír nada. Cállate y relájate.
-Pero… Es importante.
-Mucho más importante es que te tranquilices y me dejes llamar.
-Puede que no tenga tiempo para… No quiero morirme sin contártelo.
-¡No te vas a morir! ¡Dios, quieres dejar de repetirlo! –dije y me levanté de la cama.
Me dirigí a mi mesilla, donde descansaba en silencio el teléfono.
-Necesito contarte que…
-¡Basta! Cierra los ojos e intenta relajarte, por el amor de dios. No es momento para charlas.
-Puede que después no tenga la posibilidad de contártelo.
Marqué los números con los dedos temblorosos. Tenía la boca seca. Necesitaba un trago, de lo que fuese. Se oyeron un par de pitidos que se ahogaban entre los llantos de mi mujer.
-Cuelga –ordenó.- Creo que noto un ligero cosquilleo en las piernas y en las manos.
-¿Estás segura? –pregunté apartando el teléfono de la cara.
Al otro lado, una mujer con voz chirriante contestó.
-Sí. ¿Ves? –dijo mi mujer levantando ligeramente uno de sus brazos. Aquel movimiento provocó un nuevo estallido de lágrimas, pero esta vez se respiraba alivio en ellas.- Puedo moverlo.
La señora que había cogido el teléfono al otro lado de la línea seguía insistiendo. Le dije que no pasaba nada, que todo había sido una falsa alarma y colgué. Corrí al lado de mi mujer y volví a coger una de sus manos. Había cierto calor en ella, aunque aún seguía siendo la mano de un cadáver.
-¡Qué miedo he pasado! –se quejaba mi mujer.- ¡Dios!
-Tranquila… Ahora tranquilízate. Ya pasó.
Ella insistía en mover cada una de sus extremidades para cerciorarse de que todo funcionaba a la perfección. Sus movimientos, al principio torpes y lentos, fueron adquiriendo el ritmo normal. Pasados unos minutos, el miedo, aunque presente, parecía haberse disipado. Nos abrazamos y lloramos.
-Deberías ir al médico mañana. Para asegurarnos de que nada malo te ocurre, más que nada –dije con voz entrecortada.
-Sí –contestó, al mismo tiempo que afirmaba con la cabeza. Sonrió de forma tímida y nerviosa.
-¿Estás mejor? –Ella volvió a asentir.
-Tranquilo. Ya me encuentro mucho mejor.
-Voy un momento a la cocina –informé, y me levanté de la cama.- En seguida vengo.
Ella parecía más calmada. Tenía otro color de cara y las lágrimas habían dejado de brotar de sus ojos como ríos salvajes.
Salí de la habitación notando el corazón golpear con fuerza mi pecho. Me dirigí al salón en vez de a la cocina. Abrí el mueble bar y saqué una botella de algo, de lo que fuese, poco importaba. Quité el tapón y le di un largo trago que quemó mi garganta y mi estómago. Me sentí bien. Me acerqué a la ventana. Afuera nada se movía. Recuerdo que llovía. Al día siguiente iríamos al médico. Volví a beber de aquella botella y me tumbé en el sofá. Cerré los ojos. Todo me daba vueltas.