lunes, 14 de abril de 2014

299



Mi voluntad
es la ciencia de valorar lo inalcanzable
o  la inspiración como razón para evitar los huecos resueltos.
Tengo que alcanzar la historia del conocimiento,
y ser petrificado para inculcar mis errores.
Encuentro lo no producido de fuera a dentro
en las nueces que me opongo a cascar.
Es el mundo intrínseco de lo maravilloso;
es el Yo que siquiera fue un hecho cotidiano.
Cometo faltas de introspección 
en busca de puñetazos evaporados que
vomitan la nueva juventud imposible
y la confusión risible que dejó de ser obstáculo.
Me levanto todos los días en una realidad eterna y artificial
que es imposible de sobrestimar y
de la que surge la burocracia de lo escrito
como un monstruo que devora ideas
y viola agujeros del cráneo.
Página en blanco.

viernes, 11 de abril de 2014

298



-¿Sabes? Hay días en los que realmente apetece morir. No sé... Te levantas por la mañana como un día cualquiera pero con la sensación de que no eres nada, de que nada vale nada, de que estás abocado al fracaso más absoluto, de que todo va a ser una repetición constante del día anterior, de todos los años pasados en los que el dolor podía con los ratos agradables que sin duda has pasado. Y surgen los miedos y las dudas y las pocas ganas de salir de la cama. Después te asaltan esas imágenes, continuas imágenes, en las que te ves pegándote un tiro en la sien o engullendo decenas de pastillas, y te reconfortan. Te sientes bien. Sangre por todos los lados junto a una hoja en blanco a modo de despedida. Una bañera repleta de agua manchada en sangre y vómitos. Una cuerda tensada que balancea tu cuerpo lentamente. Quizá la muerte no sea la respueta. Quizá ni siquiera deseas del todo morir. Unicamente desaparecer. Como si nadie te viera. Como si no existieras. Dar de lado los problemas. Comenzar de nuevo, aunque sabes que nunca comenzarás de nuevo, porque el principal problema te lo llevas contigo y eres tú. La imposibilidad de morir mezclada con la imposibilidad de vivir, de ser, de querer seguir siendo tú. Y en esas te encuentras, atrapado, maldiciendo el día en que te conociste, porque sabes que sin ti, todo iría mucho mejor. Sí, hay días en los que la perspectiva de una muerte inminente es bastante atractiva. Aunque tengo tanto miedo a morir que pese a las imágenes, nada hace que me sienta mejor. Soy yo, sólo yo. Soy mi cerebro enfermo, mis pensamientos negativos, mi inconformidad conforme y adaptada. Soy la muela infectada que produce una septicemia. Soy el cáncer que algunos tienen que tragar por narices. Soy lo que nunca quise ser. Y así soy yo. ¿Y tú quién eres?
-El encargado de la tienda, señor.
-Ah, ¿tienes unos pantalones de la talla cuarenta?
-¿De qué color?
-Del que sea. Seguramente ni me los ponga

martes, 8 de abril de 2014

297



Ser.
El lenguaje termina en un mundo
en el que la carta más espontánea
es mierda líquida y juicio del alma
que vulnera el orden metafísico.
Se plantean reveladoras palabras
y preguntas donde mi pensamiento
es el ombligo del que surge

un problema complejo posible
que se ha quedado en la psique
y se constituye, quedado sea,
en el lejano abismo del mundo;
grave mundo de las afueras,
donde omitir es igual a fracasar.
Tal cual sea dicho.
Tiempo postal que me obliga a tragar más pruebas,

a seguir viviendo,
a esperar lo siempre visto
y a respirar vidas por las que podría­ ser más que otros.
Deseo haber necesitado el encuentro del aburrimiento
si la sucesión fuera siempre su fondo con el país en llamas.

lunes, 7 de abril de 2014

296

De espaldas el uno del otro. Sentados en la cama. La mujer mirando al suelo. El hombre contemplando la inmensidad del cielo a través de la ventana. Habitación austera, fría, gris. Tristeza latente. Ella lleva puesto un camisón blanco que ha adquirido cierto tono amarillento. Pequeños agujeros surgen de lo que antaño fue una prenda delicada. El hombre, con el torso desnudo y las costillas pegadas a su piel macilenta, lleva un pantalón de pijama a rayas, sucio, descolorido. 
El silencio se rompe por el silbido constante de una cafetera en ebullición que viene de otra habitación. La mujer levanta la cabeza y mira hacia la puerta.
-El café está listo.- dice en un susurro apenas audible.
-¿Qué?- pregunta el hombre sin dejar de observar lo que hay más allá de la ventana.
-Digo que el café está listo.
-Perfecto.
La cafetera sigue sonando y ninguno de los dos hace ademán de levantarse.
-¿Vas tú o voy yo?- pregunta la mujer.
-Ve tú.- contesta el hombre.
Pero la mujer no se mueve. Clava de nuevo la mirada en el suelo.
-Tendría que barrer un poco.
-¿Cómo?
-Nada. El suelo. Está sucio.
-Tendríamos que limpiar un poco la casa.
-Deberíamos.
-Casi no tenemos tiempo de nada.
-No hay tiempo.
-No hay nada.
-¿Estás bien?
-Sí, eso creo. ¿Y tú?
-Bien... Bien.
-¿Qué es eso que suena?
-La cafetera.
-Es verdad. No ibas a....
-Voy.
La mujer sigue sin levantarse de la cama. Se pasa las manos por la cara y coge un cigarrillo de la mesilla. Lo enciende. El humo se eleva como una figura fantasmal.
-¿No crees que deberíamos hablar de lo que pasó ayer?- dice la mujer expulsando el humo azulado de su boca.
-No. No tengo ganas.
-Es importante. Creo que tendríamos que hacerlo.
-No lo creo. Sólo quiero olvidar. 
-Está bien. Como veas.
-Es imposible que haga un día tan bueno y yo me sienta así.
-A veces pasa.
-Sí. A veces pasa. Demasiado a menudo.
-Lo siento.
-¿Qué sientes?
-Todo. Lo de ayer... Lo de hoy...
-Por favor, no quiero volver a hablar del tema.
-Es que es importante.
-Lo sé y también sé que tendremos que afrontar el asunto tarde o temprano, pero ahora mismo no me veo con fuerzas de hacerlo. Me siento como una puta mierda y sólo quiero morirme.
-Sé que no lo hiciste con mala intención. Sé que el alcohol pudo contigo, que se te fue de las manos.
-Las manos... -el hombre las levanta ante sí y las observa detenidamente.- Mis manos...
Ve las heridas y la sangre seca. Ve el dolor en ellas reflejado. Se tapa la cara y empieza a sollozar. La mujer vuelve a bajar la cabeza.
-Qué sucio está todo. -La cafetera sigue lanzando su grito eterno.- Debería habértelo contado antes.
-Ya da lo mismo.
La mujer se fija en las manchas de sangre del suelo y el rastro que lleva hasta la puerta cerrada del servicio. Siente un escalofrío recorrer su espalda. Se levanta como un resorte de la cama.
-El tuyo solo, como siempre, ¿verdad?
El hombre asiente y la mujer sale de la habitación.


viernes, 4 de abril de 2014

295



Domesticado y acabado en esas
historias de angustia y costumbre
que gritaron los demás al ir hacia
las supremas vidas de gran rebeldía.

Viajé al fin del mundo con escenas de fondo
en mi cerebro cargadas de  desesperación
y corazones sangrantes sin verdad,
sin apenas empezar una muestra de retal
que pusiera fin al no revelarle mi amor
de conclusión pulgosa y exagerada.
Y existió el principio de la hermosa amada
cuya historia quiso darse aquí­ y ¡qué vida!
Nuestra ha de ser la firmeza de los grandes cuentos
y atrevernos a dinamitar el interior
con humillante orgullo para así reunirme poco en un lugar, amor,
y ocultarme de la noche a vueltas de todo.
Cuando la carne concluida en casos crípticos
se da fácilmente con verdades que están a punto de salir.
Yo, mundo loco masturbándose en desmanes de palmas,
apenas un tremebundo miedo al  que la vida incita al régimen.
La guapita convierte todos los desenlaces en comprensión
del espanto y yo estoy perenne clavado en la fábrica.

En simples noches volvía nuestra historia 
de yo contrario y tú siempre, mujer,
y podías reunirte y contar todas aquellas penas 
antes de que yo sufriera otra terrible decepción
que me dejara sin sentido en esta perpetua negrura.

miércoles, 2 de abril de 2014

294

-Si es que cuando empiezo no puedo parar. No. Es imposible. No puedo parar de hablar. Me pongo a rajar y no paro. Es superior a mí. No paro de hablar. Y no puedo parar.
-¿Decías?
-¿Decía? ¿Qué decía?
-No sé. Estabas hablando de parar.
-De parar... no recuerdo.
-Da lo mismo.
-Estoy nerviosa.
-No te preocupes. 
-Es que no suelo hacer esto, ya sabes.
-Yo tampoco. Es mi primera cita a ciegas desde que me separé de mi esposa. ¿Qué cojones es eso?
-¿El qué?
-Eso que rueda por la mesa.
-¡Oh, cielos! Es mi ojo. Lo siento.
-¿Tienes un ojo de cristal?
-Sí. Lo que pasa es que limpio tan a conciencia la cuenca vacía que he debido agrandarla sin darme cuenta y el ojo se ha quedado pequeño.
-¿No te vendría mejor un parche?
-¿A que no has notado que tuviese un ojo de cristal antes de que se me cayese?
-No, la verdad es que no he notado nada. Bueno, he pensado que tenías la mirada un poco extraña pero nada más.
-¿Extraña?
-Como sin vida.
-Ah.
-Pero no es nada malo, no me malinterpretes. En realidad, si he de ser sincero, a mí me falta un testículo.
-¡Coño! ¿Y eso?
-¿No deberías ponerte el ojo...?
-¡Ah, sí, perdona!
-Es que no me concentro con ese agujero en mitad de tu cara.
-Lo comprendo. Perdona.
-Nada. ¿Pedimos?
-¿El qué?
-La cena.
-Aún no me he decidido. No sé ni qué tipo de comida hay aquí.
-Yo tampoco. Me lo ha recomendado un amigo.
-¿No habías venido nunca?
-Que yo sepa, no. Puede que... ¡Otra vez!
-Lo siento, ya te digo que está un poco suelto y cada vez que agacho la cabeza para leer la carta, se cae sin remedio.
-¿Quieres que pida al camarero una tirita o algo para que lo sujetes?
-No. Con la mano es suficiente. Tendré que acordarme cada vez que baje la cabeza. 
-Me ha venido a la mente una imagen horrible.
-¿Cómo?
-Olvídalo. Voy a ir un momento al servicio.
-De acuerdo. No tardes.
-Descuida. Pero si ves que lo hago, vete pidiendo.
Y entonces sonrió y supe que no la volvería a ver jamás.