martes, 23 de septiembre de 2014

322



Caminaba absorto en mis pensamientos más abstractos, aquellos que no te llevan a ninguna parte y hacen de tu cerebro una masa gelatinosa informe que cambia continuamente de color, cuando ella se subió a mi espalda y clavó tan fuerte como pudo los tacones de sus zapatos en mis ingles mientras gritaba de forma alocada “arre” a los cuatro vientos. Fue tal mi sorpresa que ni siquiera me dio tiempo a pensar en lo que estaba sucediendo, de modo que agarré sus piernas con fuerza y aceleré el paso, atravesando callejuelas y parques infantiles. Pero aquella velocidad no parecía ser de su agrado, y golpeó sin miramientos un par de veces mi cabeza con sus manos abiertas, tan fuerte que reconozco que me dejó más tonto de lo que ya estaba. Corrí como si la vida me fuese en ello, sin rumbo fijo, torciendo aquí, metiéndome allá, mientras su risa histérica parecía llenar el mundo entero y romper en mil pedazos las ventanas de los pisos por donde pasábamos. Comencé entonces a sudar como un auténtico puerco ante el esfuerzo realizado y el calor que hacía aquel día. Notó entonces mi cansancio y tiró de mi quijada para atrás con la intención de frenarme. Me indicó un sitio a la sombra donde poder descansar. Se apeó de mi espalda y me propinó un par de toques suaves en la cabeza acompañados por un casto beso en la mejilla. Me fijé en ella y vi que era sencillamente hermosa. Ni siquiera pensé en las consecuencias, pero me prometí a mí mismo obedecer a todo lo que ella mandase con tal de permanecer a su lado. Podría haber elegido a cualquier otro, a alguien más fuerte, más apuesto, para cargar con su peso liviano por las miserables calles de esta ciudad. Pero me escogió a mí. ¡A mí!
Desapareció por una puerta entreabierta que había unos metros más abajo. En esos momentos podría haber huido y continuado con mi propia vida, con mis pensamientos abstractos que llenaban toda mi existencia, pero esperé. Era tal el sentimiento que tenía hacia ella. Y de repente, salió corriendo del mismo lugar por donde desapareció minutos antes, cargada con dos pesadas bolsas de plástico y disparando una pistola de agua que había llenado con cierto ácido o algún producto químico, según pude comprobar al caer un chorro del mismo sobre la cara de un hombre que la perseguía. Los gritos desgarrados del hombre reventaron mis oídos, consiguiendo ponerme nervioso y que el miedo se alojase en mi estómago. La mujer se montó de nuevo en mi espalda con tal destreza que parecía que lo había estado haciendo durante toda su vida. “Deprisa, salgamos de aquí”, gritó en mi oreja, y puse en funcionamiento las piernas de tal modo que me sorprendió ver la velocidad que adquirían. Esas bolsas debían contener algo realmente valioso, pues pesaban como mil demonios. Los gritos del hombre se fueron alejando y apagando. Me deslicé por las calles como si conociese al dedillo todo aquel barrio, mientras la gente nos miraba de forma atónita sin comprender qué estaba sucediendo. Sí, era un imbécil, pero disfrutaba al sentir su entrepierna pegada a mi espalda y sus pies clavándose en mi bajo vientre. No me importaba el calor, apenas pensaba en él, ni en la gente, ni en el peso de aquellas dichosas bolsas. Tampoco me importaba el esfuerzo que estaba realizando, ni la sed o el cansancio que ya sufría. Habría seguido corriendo con ella a cuestas hasta los campos quemados que bordeaban la ciudad si no hubiese metido el pie en una alcantarilla abierta. Recuerdo que ella voló por encima de mí, soltando las bolsas que la acompañaban, mientras mi pierna crujía por cuatro partes distintas. Una nube de dolor indescriptible cegó mi visión al instante, haciéndome vomitar de inmediato lo poco que había desayunado aquella mañana. No podía moverme. Grité tan fuerte que mi garganta comenzó a sangrar poco antes de quedarme sin aire en los pulmones. Lloré de rabia, de impotencia, de dolor extremo. Ella se levantó del suelo y se acercó hasta donde yo estaba con las manos ligeramente magulladas y una tímida expresión de pena y congoja en su rostro. Yo no paraba de quejarme y de intentar permanecer lo más quieto posible pese al sufrimiento, pues el más mínimo movimiento de mi cuerpo significaba una explosión de dolor agudo en mi pierna. Fue entonces cuando ella sacó la pistola, pero una de verdad, no la de agua que había utilizado anteriormente. Supuse que era auténtica por la forma y el color de la misma. La mujer soltó una pequeña lágrima que recorrió ese rostro por el que había enloquecido, y apuntó el arma a mi cabeza. Comprendí que era la mejor opción, la única salida, pues no podría volver a serle útil en sus próximos y futuros planes. “Lo siento”, dijo y apretó el gatillo. Recuerdo el eco del disparo multiplicarse en el aire y mi cabeza explotar en una nube roja poco antes de la más absoluta negrura; antes de perder para siempre su rostro en algún pensamiento abstracto que no me llevó a ninguna parte.

miércoles, 27 de agosto de 2014

321



Me desperté en mitad de la noche con la sensación de que había algo debajo de la cama. Encendí la luz y me incorporé. Instantes de confusión, de no saber dónde me encontraba ni lo que pasaba. Mi marido no estaba a mi lado. Pensé que estaría en el servicio o habría ido a la cocina a beber agua. Aquella noche, el calor era insoportable. Me levanté de la cama notando todo mi cuerpo empapado en sudor. Aún estaba aturdida, mirando sin mirar cualquier punto de la habitación, cuando un movimiento en el colchón llamó mi atención. Esperé. Concentré los ojos en la cama. Me pregunté si no había sido todo producto de mi aturdimiento. Pero ahí estaba de nuevo, como si algo se escondiese dentro del colchón. Eché la sabana para atrás. El corazón acelerado. Llamé a mi marido, pero nadie contestaba. Volví a gritar su nombre, pero sólo me respondió el silencio. Mientras tanto, algo se revolvía en el interior del colchón con cada vez mayor violencia. Corrí hacia la cocina y en el camino encendí todas las luces de la casa que me fui encontrando. Mi marido no estaba en la cocina. No estaba en ningún lado. Cogí un cuchillo. No era ni el más grande ni el más afilado. En realidad, fue el primero que encontré en el cajón. Me dirigí a la habitación y aquella cosa seguía moviéndose en dentro del colchón. Fuera lo que fuese, tenía que ser enorme. No se trataba de una rata o una invasión de insectos. Era algo tan grande como yo, o más. Me acerqué a la cama agarrando el cuchillo tan fuerte que mis nudillos se volvieron blancos. Lancé un pequeño grito cuando al apoyar la mano en la cama, aquella cosa se movió incluso más. Sabía que estaba allí, podía olerme, o verme, o qué sé yo. Entonces, decidí rajar el colchón. Clavé la punta del cuchillo suavemente y abrí un surco hasta casi los pies de la cama. Nada se movía. Agarré uno de los extremos y abrí de golpe aquella superficie donde tantas noches había dormido, follado, soñado, descansado. Entonces vi al hombre desnudo y maniatado, con lo que parecían unas bragas metidas en su boca y un trozo de cinta tapándolas. No lo pensé. Ni siquiera me dio tiempo a recapacitar o a hacerme alguna pregunta. Nadie me creyó entonces , pero juro que no reconocí a mi marido. Sólo vi a un personaje extraño que estaba escondido desnudo y atado en el interior de mi colchón. Mi brazo actuó por sí sólo. Se desligó de mi cerebro, de cualquier orden que pudiera mandarle. Se limitó a clavar el cuchillo en aquel cuerpo blancuzco que se revolvía con cada herida infligida. La sangre brotó en ríos calientes que tiñeron la cama. No recuerdo si grité. Ni siquiera me acuerdo de cuánto tiempo estuve así, subiendo y bajando el brazo. ¿Cincuenta y seis cuchilladas? Bueno, la verdad, no las conté. Deberían creerme, no supe que era mi marido. No le reconocí. Lo juro.

lunes, 25 de agosto de 2014

320

  
   Sale a la calle sin saber de dónde viene ni a dónde va. Sólo se fija en una nota de papel que permanece pegada al suelo a pesar del viento que corre por la avenida. La coge y lee. “Sígueme”. Se queda pensando un rato, pero en su cerebro no hay imagen alguna. Todo es un blanco cristalino. Comprueba sin sorpresa que más adelante otro papel le espera. Se dirige hasta él. Los viandantes ni siquiera lo pisan porque no hay nadie caminando por la calle. Se agacha y lee: “¿No crees que deberíamos hablar?” Sin darle demasiadas vueltas a la cabeza, continúa andando hasta el siguiente papel. Una receta médica de unos ansiolíticos. Se mete por un callejón. “Demasiado fuerte como para aguantarlo”. Baja las escaleras del metro. Una lista de la compra en la que se puede leer: un kilo de tomates, una barra de pan, cuchillas de afeitar, nata líquida y papel higiénico. Aunque no hay nadie en la estación, ni siquiera un triste guarda de seguridad, saca de la máquina un billete. Accede al andén que le lleva directo al centro. “100% algodón”.  Surge el metro del túnel, se detiene, se abren las puertas y el hombre se sienta donde alguien ha dejado otra nota. “Cuidado. Mancha”. Cierra los ojos e intenta pensar sin conseguirlo. Cinco paradas más adelante, se levanta y sale de un vagón completamente vacío con la espalda y los pantalones manchados de amarillo. Otro papel. “Sal a la calle. Diviértete”. Es raro ver el centro de la ciudad sin un alma por sus calles. Sube unas escaleras. “Resiste, ya queda poco”. Se mete en un edificio. “Libre de entrar”. Sube otras escaleras, esta vez de madera vieja y crujiente. Abre una puerta. “Sírvete tú mismo”. Un antiguo salón de juegos, con varias mesas de billar y asientos donde poder tomar un café o una copa tranquilamente. Ambiente viciado. Olor a tabaco estancado. Al fondo una figura se recorta al lado de una ventana. Es una mujer con infinidad de moscas volando sobre su cabeza. Los insectos apagan la belleza natural que posee. Permanece sentada ante un café humeante mientras el hombre se sitúa frente a ella. La mujer levanta la mirada.
-Lo siento... ¿Nos conocemos?- dice él.
La mujer le observa.
-No... No creo. ¿Debería?
-He seguido los papeles que ha ido dejando por la calle.
Ella le da un sorbo al café sin apartar la mirada del hombre.
-No sé de qué me está hablando. Creo que se equivoca de persona.
-Los papeles que me han traído hasta aquí. Los que ha ido poniendo como pistas para finalmente encontrarnos.
La mujer permanece en silencio unos segundos.
-Yo no he dejado ningún papel.
-¿Entonces?
-Entonces, señor mío, no hay duda de que se ha equivocado. Y ahora, si no le importa… Me gustaría tomarme el café tranquilamente.
El hombre baja la mirada. Comprueba sin darse cuenta la hora de su reloj, pero éste lleva días parado.
-Es una lástima.- consigue decir.- ¿No le gustaría tomar algo conmigo?
La mujer esboza una sonrisa.
-No, de verdad. Muchas gracias. Tengo muchas cosas que hacer y estoy segura de que usted también.
-Pero…
-Por favor, no diga más. Dejemos que todo quede aquí.
El hombre mira por última vez a la mujer y no siente repugnancia alguna al comprobar cómo las moscas se posan en sus ojos y se intentan meter en su boca apenas abierta.
-Siento haberla molestado.- susurra el hombre antes de darse la vuelta.
-No se preocupe. No me ha molestado.
Se va cabizbajo, clavando las manos en los bolsillos de su pantalón y la mirada en el suelo. Paso lento pero seguro. Una nota en la pared, al lado de la puerta, clavada con alfileres. Se acerca y lee. “El placer de haberte visto después de tantos años”. El hombre vuelve a leer la nota. La lee cinco veces antes de darse la vuelta y comprobar que la mujer ha desaparecido. Se acaricia la barbilla pensativo y desecha cualquier pequeña imagen que le viene a la cabeza. Será mejor volver a ninguna parte.

lunes, 11 de agosto de 2014

319



Saca la partitura para leerla en mitad del camino que conduce al bosque, pero es imposible descifrarla porque está manchada de sangre seca. Manchas parduzcas que impiden la completa visión de la música escrita. El hombre levanta la cabeza, mira al cielo durante unos instantes y guarda el papel en una bolsa de plástico que tira sin miramientos mientras inicia de nuevo su andar extraño, como si cojeara. Pero cualquier movimiento está perfectamente estudiado, hecho adrede, para despistar a posibles perseguidores. Tiene muchas mentiras en su cabeza, pero alguna verdad que le atormenta. Es eso lo que quiere destruir, dejar atrás, como un residuo oscuro y putrefacto en el camino. Hace frío. Se abrocha la chaqueta, se sube el cuello y penetra en el bosque respirando hondo. Va dejando caer tres grandes piedras ensangrentadas que guardaba  en los bolsillos de su pantalón. El paso se hace más ligero. Saca otra bolsa negra y se la coloca en la cabeza. No ve. Se choca con árboles y arbustos. Cae al suelo. Se levanta. Se agarra a las zarzas. Sangre que surge de sus manos sucias. No deja de refunfuñar, de quejarse, de maldecir. Palabras que la bolsa negra ahoga en su interior. Todo para pagar por un crimen que intenta borrar para siempre de su cabeza. El castigo por un pasado demasiado presente. Cae por un terraplén, se golpea con piedras salientes. Heridas que aparecen en su cuerpo roto. Se levanta como puede. Se marea. Está a punto de caer de nuevo, pero mantiene el equilibrio como puede. Suena la música de la partitura en la mente obtusa. Y cuando con el siguiente paso que da se encuentra el vacío más absoluto, ni siquiera piensa en nada. Sólo le da tiempo a soltar una palabrota antes de caer por el precipicio y abrirse la cabeza con una de esas piedras que antes había utilizado para matar a alguien por una razón estúpida.

miércoles, 30 de julio de 2014

318



-¿Qué tienes ahí, compañero?
-¿Esto? Una cantimplora.
-¿Me darías un trago?
-Como quieras.
-¡Joder! ¿Qué cojones es esto?
-Orina.
-¿Orina?
-Sí, orina. Meado... Ya sabes. Por aquí hay poco que beber y que comer.
-Sí, pero…
-Sacamos el líquido de las vejigas de los cadáveres poco antes de enterrarlos.
-Estás de broma, ¿no?
-¿De qué parte del infierno has salido tú?
-De la batalla del puente.
-Entonces no comprendes nada. Vienes de un lugar donde el agua es abundante. Lo siento por ti. Has aterrizado en el peor sitio donde podrías imaginarte. Aquí hacemos cualquier cosa para sobrevivir. Hasta beber meado de muerto.
-¡Es asqueroso!
-Es supervivencia.
-Has dicho hacemos…
-Sí. ¿Qué pasa?
-No veo a nadie más por aquí.
-No queda nadie más que yo.
-Y ¿por qué no te vas?
-Tengo que defender nuestra posición. Es lo que prometí.
-Nadie vendrá para ayudarte.
-Has venido tú.
-Yo he llegado hasta aquí de casualidad, huyendo precisamente de toda esta mierda.
-¿No te vas a quedar?
-¿Por qué? ¿Para qué?
-No lo sé. Podría decirte cien mil cosas y todas ellas mentira.
-Siempre podrías venir conmigo.
-No puedo. Lo prometí…
-Lo prometiste… No lo comprendo.
-Lo sé. Es difícil. Pero soy un hombre de principios, y cuando prometo algo, lo cumplo. Hasta el final.
-¿Me das otro trago?
-A todo llega a acostumbrarse uno, ¿verdad?
-No está tan mal cuando te quitas de la cabeza lo que es.
-Después de la guerra voy a envasar mil botellas como esta. Las venderé a precio de oro y me haré rico.
-La verdad… No veo mucho negocio ahí.
-¡Cómo que no! La gente se peleará por beber algo así. La mezcla de cien orinas de muerto. Imagínatelo. Diré que tiene poderes afrodisiacos y todo el mundo se lo creerá.
-Sigo sin verlo. ¿Crees que las autoridades te lo van a permitir?
-¡Oye! ¿Quién eres tú?
-¿Cómo?
- ¿Quién te envía?
-Nadie.
-Entonces, ¿a qué has venido? Quieres quitarme la patente, ¿verdad?
-¿Qué patente?
-¿Que qué patente? ¡Mi negocio, joder! Quieres quedarte con mi negocio de ordeñar muertos.
-Me parece que te equivocas. Yo no quiero quedarme con ningún negocio tuyo, y menos ese. Sólo te digo que no creo que nadie quiera beber orina.
-¡Tú mismo has dicho que no está mal!
-¡Porque no hay nada más que beber!
-Ahí hay un pozo.
-¿Dónde?
-Detrás de ti.
-¿Tienes un pozo con agua y sigues bebiendo orina?
-¿Verdad que es deliciosa?
-¡Tú estás loco!
-La gente hará colas para beber algo así.
-Piensa lo que quieras. Yo me voy.
-No te vayas, por favor. Aún no.
-No quiero pasar ni un minuto más en este sitio.
-Pronto vendrán los otros.
-No va a venir nadie.
-¿Nadie?
-Como lo oyes. Nadie.
-Y, ¿de dónde voy a sacar la orina?
-Hay otras batallas. El continente entero está plagado de muertos.
-Sí, pero tendría que abandonar mi posición.
-A nadie le importará.
-A mí sí. Toda la vida sabré que he roto una promesa.
-Como quieras. Yo he de seguir mi camino.
-¿No tienes ganas de mear?
-La verdad es que no.
-¿Podrías rellenar la cantimplora con lo que has bebido?
-No tengo ganas de mear, lo siento.
-¿Vienes aquí, te bebes lo poco que me queda, intentas quedarte con mi negocio y te vas como si nada?
-Te repito que no quiero quedarme con ningún negocio tuyo.
-¡Cabrón!
-¡Eh! ¡Eh! ¡Sin faltar! Además, ¿por qué no bebes agua del pozo y cuando vayas a mear rellenas la cantimplora tú mismo?
-No es mala idea. Pero mi orina no sabe igual.
-¿Es de peor calidad?
-Es distinta. Es mía.
-Vale, vamos a hacer una cosa. Voy a esperar a tener ganas de mear, y cuando termine de rellenarte la cantimplora me iré y adiós muy buenas. ¿Te parece bien?
-¿Harías eso por mí?
-¡Claro! ¿Qué otra opción me queda?
-Entonces, me parece bien.
-¡Dios, espero que termine pronto este infierno! No sé qué más he de hacer para salir vivo de esta maldita guerra.
-¿Has probado la carne de niño?